Fórmula que está a punto del hartazgo

Bayona revitaliza el tedioso guión de Trevorrow y Derek Connolly.
Por: José Felipe Coria

 Una especie en peligro de extinción: la cinta de monstruos pre históricos. 

Parque Jurásico (1993, Spielberg) fue un avance para los efectos visuales; la tecnología digital volvió novedad absoluta a los dinosaurios de la original novela de Michael Crichton. Repetir la fórmula choteó el hallazgo. Lo confirman El mundo perdido: Jurassic Park (1997) y Parque Jurásico III (2001).

El tema reinició en Jurassic World: Mundo Jurásico (2015, Trevorrow). Continúa en Jurassic World: el reino caído (2018), cuarto largometraje de J. A. Bayona, secuela de una probable trilogía (si hay éxito en taquilla, claro).

En la nueva aventura, a Claire (Bryce Dallas Howard, con miedo tan artificial como si estuviera en Marabunta [1954]) y Owen (Chris Pratt, en plan de ser el Starlord de Krakatoa, al este de Java [1968]), se suma el doctor Malcolm (Jeff Goldblum), espíritu ético fundamental desde el título inicial, quien alude al problema clave de la serie: la manipulación genética.

Bayona es hábil como director. Crea atmósferas asfixiantes donde los personajes forman parte (El orfanato y Lo imposible). Asimismo, confirma su solvencia para manejar efectos visuales (Un monstruo viene a verme). Excelentes credenciales para revitalizar el tedioso guión de Trevorrow y Derek Connolly que básicamente cuenta, de nuevo, la misma historia.

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La variante es que la isla & parque temático & orfanato habitado por dinosaurios está en peligro. Un volcán acabaría con él. El ex socio del fundador del Parque, sir Benjamin Lockwood (James Cromwell), planea salvarlo. Con los riesgos que implica. Como en la primera entrega hay una nieta, Maisie (Isabella Sermon), y Owen & Claire repiten la rutina salvadora de los protagonistas de esa cinta para evitar la barata e inescrupulosa comercialización de los dinosaurios. Mismo esquema y situación. La trama dramáticamente no avanza por la extremadamente efectista manada de innumerables dinosaurios. Aunque Bayona logra cierta tensión, lo artificial de la cinta es porque queda a merced de monstruos que ya no emocionan.

Si el filme funciona se debe a la solvencia de Bayona y a su falta de pretensión que, hasta cierto punto, superan la desgastada estructura estilo feria de lujo, donde no existe mayor expectativa que la de subirse a un rutinario y mecánico juego de dinosaurios. 

Este filme de entretenimiento escapista tiene algunos buenos momentos. La suma de los mismos le resulta insuficiente a Bayona para impedir la inminente extinción de estos dinosaurios digitales. Porque reinan en la isla de la repetición.

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Lo mejor de la Muestra 64. Hay dinosaurios más vitales: viejos actores haciendo papeles terminales. En Lucky (2017), sorprendente debut en la dirección del actor John Carroll Lynch, el astro especializado en papeles secundarios Harry Dean Stanton, a sus 91 años, crea un personaje con dudas espirituales de ácida comedia existencialista: Lucky.

Carroll Lynch homenajea a Stanton, que se nota cómodo protagonizando lo que parece ser su autobiografía y testamento. La suma de cómo se relaciona con los otros personajes, en especial Howard (el director David Lynch, sin parentesco con Carroll Lynch), vuelven entrañable esta historia sobre la vejez no de un personaje sino de una presencia fílmica con más de 60 años de trayectoria tallados en el rostro. El resultado es lo que se conoce como tour de force, una actuación magistral donde el protagonista da cátedra acerca de cómo mantenerse a la vanguardia.

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