¡Las sobras de Nikita y Lucy! 'Anna, el peligro tiene nombre' es sólo un repartidero de trancazos

Luc Besson hace una antología mal armada en su nueva y decepcionante película que revuelca más la misma gata
Por: José Felipe Coria

Lo que el siempre ambicioso Luc Besson propone en su largometraje 17, Anna, el peligro tiene nombre (2019), es confeccionar con lo que le sobró de dos obras previas suyas, Lucy (2014) y en especial Nikita (1990), una antología mal armada de sus grandes éxitos.

En esencia revuelca más la misma gata, apostando a que la memoria del espectador no registrará que ya hizo esta película de espionaje, donde una súper heroína con capacidades sobrehumanas participa en acciones que desafían la lógica pero que son un catártico repartidero de trancazos, balazos y demás convenciones del género que actuaron con mejor fortuna Anne Parillaud (Nikita) y Scarlett Johansson (Lucy). 

Anna tiene la calidad de sus carteles promocionales: una belleza que deja sin aliento. Pero no expresa nada más. Cero emoción, cero psicología. Qué decepción.

Boda sangrienta (2019)

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La saturación argumental de algunos géneros obliga a hacer propuestas delirantes. O recicladas. No del todo certeras aunque con cierto ingenio.

Lo que propone Boda sangrienta (2019), segundo largometraje del dúo formado por los aficionados al cine de horror Matt Bettinelli-Olpin & Tyler Gillett, es mezclar perversamente una comedia de humor retorcido con película serie B de horror que debe resolverse en unidad de tiempo, acción y lugar para demostrar cuán barato puede ser semejante filme.

El conciso guión de Ryan Murphy y Guy Busick tiene una idea simple: el día en que Grace (Samara Weaving) se casa con Alex (Mark O’Brien), descubre que su nueva familia, formada entre otros por su cuñado Daniel (Adam Brody) y sus suegros Tony y Becky (Henry Czerny y Andie McDowell), tiene una peculiar diversión: debe participar con ellos a medianoche en un extraño juego. De vida o muerte.

Esta película donde la incoherencia, lo absurdo y la violencia avanzan a tambor batiente mostrando variaciones que permiten al espectador no salirse de la sala ante lo previsible que podría resultar, es una competencia enfermiza con cierto gusto por la crueldad.

El entusiasmo que Bettinelli-Olpin & Gillett le inyectan a la cinta, junto a la juguetona actuación de su protagonista, bastan para mantener el interés. Al final todo lo visual es un buen entretenimiento que los fanáticos del género de terror apreciarán. Un curioso filme de segunda que se deja ver.

 

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