Rudos a la Arena Coliseo (crónica)

La lucha libre es una gran tradición; adéntrate a ella en la Arena Coliseo, el Turiluchas y otros lugares de la CDMX
Por: Jesús Díaz

Un nuevo luchador debuta en los albores del 74 aniversario de la Arena Coliseo.  

En realidad no es su debut pero para algunos asistentes  esta es la primera vez que lo ven saltar desde las cuerdas. Se le ha llamado  Sin cara (WWE), Myzteziz (AAA) y ahora Carístico (CMLL), pero   su mote  ideal es el que lo dio a conocer: Místico (CMLL).

“Rístico”, “Rístico”, le gritan unos aficionados desde las gradas; a todas leguas técnicos. Son de San Francisco, Estados Unidos; otros asistentes les aclaran que el nombre es “Místico”, con m, pero ellos se hallan absortos por el ambiente del lugar en donde los demás gritan palabras ininteligibles. 

No hace falta saber la jerga chilanga, basta con atender la teatralidad del momento.

En el ring de la Coliseo El Místico está en clara desventaja: cada que somete a su rival,  Euforia, el réferi tarda en hacer el conteo; cuando su contrincante lo tiene en el piso, el juez manotea rápidamente. Uno, dos... se zafa Místico, para alivio de todos. Uno, dos... se quita Euforia.

La cerveza es accesible (60 pesos) y se puede disfrutar desde una butaca de madera pintoresca que va con el momento. No son asientos  cómodos, ni lujosos, sólo funcionales y coloridos, de matices ideales por chillones. De hecho, si se pudiera, algunos preferirían estar de pie.

 El “Rístico” de los estadounidenses se convierte en un ídolo, en un superhéroe, para quienes sí lo conocen como   Místico: ese que  debutó en 1998 como  Dr. Karonte, Jr. y que viajó a Japón en 2003 como Komachi.

Su legión de fans no distingue edad, ni género, ni condición social... “¡Buuu!”, le dicen al referí, que otra vez hace como que no ve: Euforia rompió la máscara del ídolo.

La gente opta por beber refrescos y comer palomitas (de 25 pesos cada uno). Ni los vasos, ni el maíz caen sobre el cuadrilátero; dentro de la euforia de la batalla hay mucho civismo. Se alardea sin perder el control.  

Integrantes de seguridad, apilados al inicio y final de cada pasillo, se comunican entre sí, al tiempo que miran a los asistentes. Está prohibido arrojar objetos, levantarse y caminar rumbo al centro del lugar. Todos se divierten, pocos rompen las reglas.

Esa sensación de seguridad no la tiene Místico, él lucha contra un rival tramposo y un referí a todas luces comprado. Es como muchos asistentes que lo apoyan desde sus trincheras, quienes conviven con ventajosos y corruptos. Esa impotencia les hace confiar en las habilidades de su ídolo, no sólo como técnico, sino como rudo.  No hay más: Místico apenas y empuja al juez (quien cae boca abajo), se acerca a Euforia...  y ¡le quita la máscara! Luego, le hace un movimiento que lo deja contra el piso

El réferi vuelve en sí: uno, dos, tres. Le da la victoria al ídolo. Los presentes gritan entusiasmaddos, no protestan la trampa, la redimen después de tanta injusticia sobre el ring.

El luchador reta a Euforia a un asalto más sin reglas, ni juez; el otro se escabulle y desaparece. 

Místico carga a un niño con discapacidad, luego camina entre la gente: mexicanos, colombianos, estadounidenses... todos  lo tocan y lo aclaman:  “¡Místico!”, “¡Carístico!”, “¡Rístico!”. 

Para llegar a la Arena Coliseo es buena opción tomar el Turiluchas. Ahí pudimos hablar con un Pedro Infante de metal. No se trata de una estatua del cantante sinaloense, sino de un luchador. En 2014, el Tigre Metálico perdió su máscara; la gente presente, al ver su rostro parecido al del ídolo, le gritó: “Toriiito”. “Fue rara la comparación pero pues uno debe adaptarse o morir”
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